sábado, 24 de octubre de 2009

Respeto

LA GENTE VULGAR RESPONDE CON LO QUE HACE
LOS NOBLES CON LO QUE SON




A un anciano le pegó,
porqué me hablo en la calle;
gotas de sangré lloré,
al ver que el anciano era mi padre.

 




Nunca olvidarlos podría,
a los padres de mi alma;
de todo lo que tenían,
lo mejor siempre me daban.






LOS OJOS Y LOS OÍDOS


Los ojos y los oídos, son malos testigos de aquellos que son desalmados y aún aquellos cuyas almas son civilizadas tienden a mirar y escuchar las cosas a través de un temperamento. En un mismo cielo, el poeta puede descubrir la morada de los ángeles, mientras que el marino ve solamente promesa de futuras tempestades.

Por consiguiente, el artista y el cirujano, el cristiano y el racionalista, el pesimista y el optimista verdaderamente viven en mundos diferentes y excluyentes el uno del otro, no solo en su pensamiento sino en su percepción.

 


LA HERENCIA
Narudin tenia un amigo desde la infancia, con el se dedicaba a recorrer los pueblos y vender vasijas, era su mejor amigo.

Un día recibió la noticia que un familiar le había dejado toda su herencia, Narusdin tan contento como si hubiera sido de el, se alegro tanto de que su amigo fuera rico.......

Pasado el tiempo, un día Narusdin se lo encontró por la calle de su ciudad, cuando fue a saludarlo vio que bajaba la cabeza, se acerco y lo llamo ¿que pasa que desde que eres rico no saludas a los amigos?" Oh no perdona", le contesto "es que desde que tengo palacios y tengo tantos balcones, siempre miro para abajo, por si veo algun amigo"
Pasado el tiempo iba Narusdin por la ciudad con su burro y sus vasijas, cuando se volvió a encontrar a su amigo, vio que venia a saludarlo y levanto la cabeza ¿que pasa Narusdin, no conoces ya a los amigos? a lo que contesto "perdona, pero es que desde que tengo amigos con palacios y con balcone siempre miro alto para poder saludarlos"



EL VIEJO MAESTRO
Había una vez en el antiguo Al-Andalus, un viejo maestro en el arte de la guerra , ya retirado que se dedicaba a enseñar el arte de la meditación a sus jóvenes alumnos. A pesar de su avanzada edad, corría la leyenda que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierto día apareció por allí un guerrero con fama de ser el mejor en su género. Era conocido por su total falta de escrúpulos y por ser un especialista en la técnica de la provocación. Este guerrero esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y después con una inteligencia privilegiada para captar los errores del contrario atacaba con una velocidad fulminante. Nunca había perdido un combate.

Sabiendo de la fama del viejo maestro, estaba allí para derrotarlo y así aumentar su fama de invencible. El viejo aceptó el reto y se vieron en la plaza pública con todos los alumnos y gentes del lugar. El joven empezó a insultar al viejo maestro. Le escupió, tiró piedras en su dirección, le ofendió con todo tipo de desprecios a él, sus familiares y antepasados. Durante varias horas hizo todo para provocarlo, pero el viejo maestro permaneció impasible. Al final de la tarde, exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró.

Los discípulos corrieron hacia su maestro y le preguntaron cómo había soportado tanta indignidad de manera cobarde sin sacar su espada, asumiendo el riesgo de ser vencido.

-Si alguien te hace un regalo y tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece ese regalo? -preguntó el viejo maestro.

-A quién intentó entregarlo -respondió un discípulo.

-Pues lo mismo vale para la rabia, la ira, los insultos y la envidia -dijo el maestro-, cuando no son aceptados continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.




EL JARDINERO
El emperador Carlomagno le presentó un retoño de rosal a Harun al-Rashid, el Califa de Abbasid, y éste lo hizo plantar en su jardín privado. Ordenó a su jardinero que tratara a ese precioso retoño con el mayor cuidado y atención posibles y que le trajera la primer rosa que floreciera.

El retoño enraizó, y a su debido tiempo produjo un pimpollo que se abrió en una rosa magnífica. Justo cuando el jardinero estaba a punto de cortar la flor, vio a un ruiseñor volando sobre ella, cantando tristemente. Mientras miraba esa escena, el ruiseñor bajó inesperadamente en picada y atacó la rosa con su pico y sus alas, desparramando pétalos por todos lados.

El jardinero corrió sin aliento a contarle al Califa exactamente lo que había sucedido y le suplicó su perdón. El sultán lo tranquilizó, diciendo: “No te preocupes por eso. Lo que sucedió, sucedió. Ciertamente la culpa no es tuya. Te perdono. Jardinero, este mundo es un lugar en donde nadie puede salirse con la suya, de modo que ese ruiseñor recibirá su justo merecido”.

Pasó el tiempo hasta que un día, mientras estaba trabajando en el jardín privado, el jardinero vio que una serpiente se estaba comiendo al ruiseñor que había destruido la rosa invaluable. Corrió enseguida para informárselo al Califa: “Señor, has realizado un milagro. El ruiseñor encontró la suerte que habías predicho, acabo de ver cómo se lo comía una serpiente”.

El Califa sonrió mientras decía: “Jardinero, como te dije, nadie se sale con la suya en este mundo; sea lo que sea lo que hagamos, eventualmente se pondrá al día con nosotros. La serpiente que se comió al ruiseñor también recibirá su justa recompensa”.

Pasó más tiempo. La serpiente que se había comido al ruiseñor llegó deslizándose por el pasto y se enroscó en los pies del jardinero. Él la mató con el borde afilado de la pala que llevaba, después corrió a contarle al Califa lo que había sucedido. De nuevo, el Califa sonrió mientras decía: “En verdad, jardinero, eso también se pondrá al día contigo”.

Tiempo después, el jardinero cometió una seria ofensa, incurrió en la ira del Califa, y fue entregado al verdugo. Cuando le preguntaron si tenía un último deseo, dijo: “El único último pedido que tengo es el de decirle algo al Califa”.

Se le informó al Califa, que hizo que le llevaran al jardinero y le preguntó qué quería decir.

“Señor”, dijo el jardinero, “Seguramente te debes acordar. Tú me diste un vástago de rosal para plantar y me ordenaste traerte su primera flor. La rosa acababa de alcanzar la perfección y yo estaba a punto de cortarla cuando el ruiseñor la hizo pedazos. Cuando te lo informé, tú dijiste: ‘el ruiseñor recibirá su justo merecido’. Antes de que pasara mucho tiempo, una serpiente se tragó a ese ruiseñor. Cuando de nuevo te lo informé, dijiste: ‘la serpiente también recibirá su justo merecido’. Esa serpiente se enroscó alrededor de mi pie y cuando te conté que la había matado, dijiste: ‘Eso se pondrá al día contigo’. Todo se ha hecho realidad y ahora me has entregado al verdugo para castigar mi ofensa, de modo que yo tampoco saldré libre de esto. Sin embargo, mi sultán, no olvides que lo que tú estás haciendo ahora, también se pondrá al día contigo. Como tú me dijiste, es esa clase de mundo. Sólo espera tres o cuatro días”.

Harun al-Rashid entró en razón. Reconociendo la verdad de esas palabras, actuó como le corresponde a un sultán y perdonó al jardinero.

El noble Imán Husayn, mártir de Karbala y rey de los mártires, dijo: “Un hombre generoso es aquél que da sin que se le pida. Un hombre magnánimo es alguien que perdona cuando está en su poder tomar venganza”.


 

EL MAGO

Había una vez un mago simpático y alegre al que encantaba hacer felices a todos con su magia. Era también un mago un poco especial, porque tenía alergia a un montón de alimentos, y tenía que tener muchísimo cuidado con lo que se llevaba a la boca. Constantemente le invitaban a fiestas y celebraciones, y él aceptaba encantado, porque siempre tenía nuevos trucos y juegos que probar.
Al principio, todos eran considerados con las alergias del mago, y ponían especial cuidado en preparar cosas que pudieran comer todos. Pero según fue pasando el tiempo se fueron cansando de tener que preparar siempre comidas especiales, y empezaron a no tener en cuenta al buen mago a la hora de preparar las comidas y las tartas. Entonces, después de haber disfrutado de su magia, le dejaban apartado sin poder seguir la fiesta. A veces ni siquiera le avisaban de lo que tenía la comida, y en más de una ocasión se le puso la lengua negra, la cara roja como un diablo y el cuerpo lleno de picores.
Enfadado con tan poca consideración como mostraban, torció las puntas de su varita y lanzó un hechizo enfurruñado que castigó a cada uno con una alergia especial. Unos comenzaron a ser alérgicos a los pájaros o las ranas, otros a la fruta o los asados, otros al agua de lluvia.. y así, cada uno tenía que tener mil cuidados con todo lo que hacía. Y cuando varias personas se reunían a comer o celebrar alguna fiesta, siempre acababan visitando al médico para curar las alergias de alguno de ellos.
Era tan fastidioso acabar todas las fiestas de aquella manera, que poco a poco todos fueron poniendo cuidado en aprender qué era lo que producía alergia a cada uno, y preparaban todo cuidadosamente para que quienes se reunieran en cada ocasión pudieran pasar un buen rato a salvo. Las visitas al médico fueron bajando, y en menos de un año, la vida en aquel pueblo volvió a la total normalidad, llena de fiestas y celebraciones, simpre animadas por el divertido mago, que ahora sí podía seguirlas de principio a fin. Nadie hubiera dicho que en aquel pueblo todos y cada uno eran fuertemente alérgicos a algo.
Algún tiempo después, el mago enderezó las puntas de su varita y deshizo el hechizo, pero nadie llegó a darse cuenta. Habían aprendido a ser tan considerados que sus vidas eran perfectamente normales, y podían disfrutar de la compañia de todos con sólo adaptarse un poco y poner algo de cuidado


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EL BANQUETE
Un hombre fue invitado a comer en la mansión de unas personas muy ricas, y llegó al ágape ataviado con ropas modestas. Al instante, advirtió que los anfitriones eludían saludarlo y que los camareros evitaban servirlo. Como vivía cerca, corrió a su casa y se vistió con una túnica muy cara y lujosa. Así volvió al banquete, donde nadie había reparado en su ausencia. A su regreso, los dueños de la casa lo recibieron cortésmente y los criados mostraron ante él grandes ademanes de respeto. Llegado el momento de la cena, aquel hombre se quitó la túnica y la arrojó en medio de los manjares. - ¿Por qué haces eso?, le preguntaron extrañados los anfitriones. - Ha sido mi túnica y no yo la que ha recibido vuestro respeto y atenciones. Que sea ella la que se quede a comer. Dicho lo cual, aquél hombre abandonó aquella casa.


 

VOTACIÓN
Una vez, llegó a la selva un búho que había estado en cautiverio, explicó a todos los demás animales las costumbres de los humanos.
Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas por competencia, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto...
La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los concursantes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.
Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal de todos los concursantes, que, de este modo, serían su propio jurado.
Así fue. Todos los animales, incluido el hombre, subieron al estrado y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia. Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en una gran urna que estaba vigilada por el búho.
Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para comenzar el recuento de los votos de aquel <>, <> y <>, como había oído decir a los políticos de las ciudades.
Uno de los ancianos sacó el primer voto, y el búho, ante la emoción general, gritó:
-El primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!
Se produjo un silencio, seguido de algunos aplausos.
-Segundo voto:¡el burro!
Desconcierto general.
-Tercer voto: ¡el burro!
Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y sintiéndose culpables por sus propios votos.
Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantantes.
Y así, sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por <> que el desigual y estridente grito del burro era el ganador.
Y fue declarado como <>.
El búho explicó después lo sucedido: cada concursante, considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos cualificado de los concursantes, aquél que no podía representar amenaza alguna.
La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre, que, cómo no, había votado por sí mismo





LA MONTAÑA DONDE SE ABANDONABA A LOS ANCIANOS

En un pueblo japonés existía la  tradición de abandonar  a los ancianos en las cercanas montañas al  cumplir sesenta años porque creían que ya no podían se útiles. Pero un pobre campesino decidió no hacerlo ¡De esta manera descubrió el valor y la sabiduría de sus mayores!
Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, en una pequeña región montañosa  tenían la costumbre de abandonar a los ancianos al pie de un monte lejano. Creían que cuando se cumplían los sesenta años dejaban de ser útiles, por lo que no podían preocuparse más de ellos.

En una pequeña casa de un pueblecito perdido, había un campesino que acababa de cumplir los sesenta años. Durante todos estos años había cuidado la tierra, se había casado y había tenido un hijo. Después, había enviudado y su hijo también se casó, dándole dos preciosos nietos. A su hijo le dio mucha pena, pero no podía desobedecer las estrictas órdenes que le había dado su señor. Así que se acercó a su padre y le dijo:
- Padre, los siento mucho, pero el señor de estas tierras nos ha ordenado  llevar a la montaña a todos los mayores de sesenta años.
- Tranquilo hijo, lo entiendo. Debes hacer lo que el señor diga -contestó el anciano lleno de tristeza.

Así que el joven se cargó al viejo a la espalda, ya que a su padre le era difícil caminar por el bosque e inició el viaje hacia las montañas. Mientras iban caminando, el joven se dio cuenta de que su padre dejaba caer pequeñas ramas que iba rompiendo. El joven creyó que quería marcar el camino para poder volver a casa, pero cuando le preguntó sobre ese hecho, el anciano le dijo:
- No lo estoy haciendo para mí, hijo. Pero vamos a un lugar lejano y escondido y sería un desastre que te desorientases y no pudieses volver. Así que he pensado que si iba dejando ramitas por el camino seguro que no te perderías.

Al oír estas palabras, el joven se emocionó por la generosidad de su padre. A pesar  de este hecho el muchacho continuó caminando porqué no podía desobedecer al señor de esas tierras.

Cuando finalmente llegaron al pie de la montaña, el hijo, con el corazón hecho pedazos, dejó allí a su padre. Para volver decidió utilizar otra ruta, pero se hacía de noche y no conseguía encontrar el camino de vuelta. Así que retrocedió sobre sus pasos y cuando llegó junto a su padre le rogó que le indicara el camino por dónde tenía que ir. Se volvió a cargar a su padre a la espalda y, gracias a las indicaciones del anciano y a las ramitas que había dejado en el camino,
 pudieron llegar a su casa.
Toda la familia se puso muy contenta cuando vieron de nuevo al anciano. Entonces, el joven decidió esconderlo debajo los tablones del suelo de su cabaña para que nadie lo viese y no le obligasen a llevárlo otra vez al monte.

El señor del país, que era bastante caprichoso, a veces pedía a sus súbditos que hiciesen cosas muy difíciles. Un día, reunió a todos los campesinos del pueblo y les dijo:
- Quiero que cada uno de vosotros me traiga una cuerda tejida con ceniza.

Todos los campesinos se quedaron muy preocupados. ¿Cómo podían tejer una cuerda con ceniza? ¡Era imposible! El joven campesino volvió a su casa y le pidió consejo a su padre.
-    Mira - le explicó el anciano- lo que tienes que hacer es trenzar una cuerda apretando mucho los hilos. Luego, debes quemarla hasta que solo queden cenizas.

El joven hizo lo que su padre le había aconsejado y llevó la cuerda de ceniza a su señor. Nadie más había conseguido cumplir con la difícil tarea. Así que el joven campesino recibió muchas felicitaciones y alabanzas de su señor.

Otro día, el señor volvió a convocar a los hombres de la aldea. Esta vez les ordenó a todos llevarle una concha atravesada por un hilo. El joven campesino se volvió a desesperar. ¡No sabía cómo se podía atravesar una concha! Así que, cuando llegó a casa, volvió a preguntar a su padre sobre lo que debía hacer y éste le contestó:
- Coge una concha y orienta su punta hacia la luz, después, coge un hilo y engánchale un grano de arroz, a  continuación, dale el grano de arroz a una hormiga y haz que camine sobre la superficie de la concha. De esta manera conseguirás que el hilo pase de un lado al otro del caparazón.

El hijo siguió las instrucciones de su padre y así pudo llevar la concha ante el señor de esas tierras. El señor se quedó muy sorprendido por la  habilidad que el joven campesino demostraba para resolver las tareas que ordenaba y le alabó diciendo :
- Estoy orgulloso de tener gente tan inteligente como tu en mis tierras.
Y continuó preguntándole:
-    -¿Cómo es que eres tan sabio?

El joven decidió decirle toda la verdad:
- Veréis señor, debo ser sincero con vos. Yo debería haber abandonado a mi padre porque ya era mayor, pero me dio pena y no lo hice. Las tareas que nos encomendó eran tan difíciles que sólo se me ocurrió preguntar a mi padre. Él me explicó como debía hacerlo y yo os he traído los resultados.

Cuando el señor escuchó toda la historia, se quedó impresionado y se dio cuenta de la sabiduría de las personas mayores. Por eso se levantó y declaró:
- Este campesino y su padre me han demostrado el valor de las personas mayores. Debemos tenerles respeto y por eso, a partir de ahora, ningún anciano deberá ser abandonado.

Y a partir de entonces los ancianos del pueblo continuaron viviendo con sus familias, aunque cumplieran sesenta años, ayudándolos con la sabiduría que habían acumulado a lo largo de toda su vida.

Los Duendes Malvados

Había una vez un grupo de duendes malvados en un bosque, que dedicaban gran parte de su tiempo a burlarse de un pobre viejecito que ya casi no podía moverse, ni ver, ni oir, sin respetar ni su persona ni su edad.

La situación llegó a tal extremo, que el Gran Mago decidió darles una lección, y con un conjuro, sucedió que desde ese momento, cada insulto contra el anciano mejoraba eso mismo en él, y lo empeoraba en el duende que insultaba, pero sin que los duendes se dieran cuenta de ello. Así, cuanto más llamaban "viejo tonto" al anciano, más joven y lúcido se volvía éste, al tiempo que el duende envejecía y se hacía más tonto. Y con el paso del tiempo, aquellos malvados duendes fueron convirtiéndose en seres horriblemente feos, tontos y torpes sin siquiera saberlo. Finalmente el mago permitió a los duendes ver su verdadero aspecto, y éstos comprobaron aterrados que se habían convertido en las horribles criaturas que hoy conocemos como trolls.Y como estaban tan ocupados faltandole el respeto al anciano, no fueron capaces de descubrir que sus propias palabras eran las acciones las que les estaban convirtiendo en unos monstruos, hasta que ya fue demasiado tarde.

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